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En diciembre de 1969, poco antes de culminar la gira que se encontraban realizando por los Estados Unidos, los Rolling Stones se vieron obligados a organizar una movida forzada. Bombardeados por una serie de medios que consideraron que los precios de las entradas para los shows habían sido por demás altos, Jagger y Cía. decidieron nivelar las críticas proponiendo un concierto gratuito. Encontrar un lugar para realizarlo nos les fue fácil, pero tras una serie de posibles sitios barajados terminaron optando por el autódromo de Altamont, 50 km. al este de la ciudad de San Francisco, en el estado de California.

Poner en marcha la seguridad de lo que prometía ser un evento que podía llegar a romper todos los niveles de audiencia conocidos hasta el momento tampoco les resultó sencillo, por lo que el grupo terminó aprobando la sugerencia de las bandas locales Grateful Dead y Jefferson Airplane: consentir que los Hells Angels se encarguen de la tarea. Ni Jagger ni su círculo íntimo estaban muy seguros de aceptar la ayuda de manos de la pandilla de motociclistas sin ley que solía aterrorizar al país, un rol obtenido a costa de la imposición de la fuerza bruta y la impunidad sin límites. El resultado fue catástrófico. El número de asistentes superó la cifra esperada y, con sus muertos y sus víctimas de toda índole, el evento terminó cerrando una era de paz y amor poco antes establecida por el legendario festival de Woodstock, finalmente arruinada por un marco de violencia descontrolada. Los Stones terminaron libres de cargo y culpa cuando el dedo acusador fue puesto principalmente sobre el integrante de los temibles Angels que acuchilló en vivo y en directo a uno de los miembros del público, y con el paso del tiempo Altamont acabó adquiriendo entidad propia a la hora de buscar un nombre para referirse a cualquier tipo de evento de espectáculos caracterizados por la tragedia.

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Ezequiel Galli, el intendente que autorizó el evento: un hombre con poca visión

En el show que el Indio Solari y su banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado llevaron a cabo la noche del sábado 11/3 en la ciudad bonaerense de Olavarría no hubo una banda de forajidos contratados para encargarse de la seguridad del show, pero sí personal especializado comprometido con la tarea en caso que la situación lo ameritara. Altamont tampoco necesitó de un intendente ni ningún otro tipo de autoridad municipal que apruebe o ponga techo al número de concurrentes barajado. La cantidad de gente que se acercó el sábado a Olavarría terminó triplicando el total de la población de la ciudad, por lo que dos Olavarrías imaginarias enteras terminaron agolpándose dentro del predio rural cooperativo La Colmena. El show del Indio no fue asimismo un concierto gratuito como el de Altamont. Al menos una buena parte de los asistentes fue a ver a uno de los músicos más populares y convocantes de Argentina tras abonar la suma de 800 pesos, un monto que dista bastante de lo popular; esto sin incluir los gastos extra que pueden generar los traslados hasta allí (ceremonia que como ha sido tradicionalmente tuvo a gente llegando de todos los puntos de la nación, y hasta de países vecinos), de alojamiento y de alimentación. Por lo que resulta inadmisible que a pesar de las supuestas medidas de seguridad y organización tomadas para que el evento se desarrolle con toda normalidad, el show del Indio, que en más de uno generó suspicacias desde el momento de su anuncio original, haya culminado enmarcado en una tragedia tan similar a la que los Stones pusieron en marcha hace casi medio siglo atrás. A menos que esas medidas no se hayan llevado a la práctica como tales, claro.

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Los medios televisivos ejercitaron a full el poder de la retrospectiva, debatiendo inútilmente qué debió haberse hecho, cómo, cuándo y donde para evitar el desastre

Fue entonces cuando a casi media hora del comienzo del show Solari decidió interrumpirlo para invocar ante la audiencia -que se estima alcanzó las 300.000 personas, duplicando prácticamente la capacidad original estipulada- la ayuda del cuerpo de Defensa Civil, tras advertir los cuerpos de varios de los miembros del público que yacían en estado inconsciente frente al escenario, solicitándole a la audiencia que dejen de empujar ante la posibilidad de que éstos terminen pisados. Según declaraciones de gran parte de los asistentes, de ahí en más el show tomó un tinte distinto muy lejos de la “misa ricotera”, como suele describirse popularmente. Solari volvió a ordenar nuevamente detener el concierto poco después, tras manifestar que eran más de 200.000 las personas que se encontraban frente al escenario (resulta curioso que no haya advertido que el número de por sí ya superaba con creces el calculado inicialmente, y que así y todo haya continuado como tal), y hasta le dirigió un mensaje personal a uno de sus seguidores, el cual se supone le había arrojado alguna clase de objeto. El clima de incertidumbre y confusión general ni siquiera se detuvo cuando llegó el momento de la canción “Ji Ji Ji” (y su mote de guerra de “el pogo más grande del mundo”). Y así, con el show finalizado, Solari acabó retirándose del escenario sin despedirse, mientras los 300.000 concurrentes se disponían a abandonar el lugar a paso de caracol, muchos de ellos incluso con sus entradas originales sin cortar por el personal designado para hacerlo, un claro indicativo del descontrol organizativo general que, sumado a la falta de cacheo, fue enturbiando el clima de la noche.

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La precariedad, una constante en los espectáculos populares en Argentina desde la noche de los tiempos.

Para entonces el Hospital Municipal de Olavarría había presentado un parte donde se indicaba que habían sido dos las muertes sucedidas durante la “misa”, ambos casos masculinos. Un hombre de 42 años víctima de un paro cardiorrespiratorio, más un segundo damnificado de 40 años por causas similares (aparentemente ambas muertes no fueron a causa de las avalanchas que se dieron durante el transcurso del concierto), todo esto sin incluir las varias decenas de heridos, de las cuales tres permanecian internadas en la sala de terapia intensiva del centro hospitalario, una de ellas en estado crítico, y con pronóstico reservado.

Un análisis de lo ocurrido resulta en una de las tareas más simples a las que uno pueda someterse. Se trata de tomar un lápiz imaginario y trazar la línea que divide lo evitable y lo inevitable, para así poder establecer que nada de lo acontecido podría haber tenido lugar de haberse hecho las cosas tal como corresponde. A menos de 13 años de la tragedia más insigne de la historia de los espectáculos locales, pareciera ser que ni siquiera el antecedente de Cromañón de aquel 30 de diciembre de 2004 haya dejado lección alguna aprendida, tornándose en cambio una anécdota que fue perdiendo el sabor original de aquella cadena de irresponsabilidades que ahora volvió a hacerse presente, tanto en su logística como en su parte más rutilante: la de su seguridad.

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El picnic de los medios tuvo todo tipo de invitados y declarantes, desde los asistentes al show pasando por autoridades de la zona y personajes vinculados al rock y su organización.

Un cálculo a grosso modo permite deducir que, tras multiplicar el valor original de cada una las entradas por el número de asistentes (sin contar los casos folklóricos de reventa, de esos que las productoras suelen combatir al mismo tiempo que son parte de ella), la cifra estimada de recaudación podría acercarse a los 160 millones de pesos. En rigor, el equivalente a más de 10 millones de dólares según la paridad de la moneda al día de la fecha, y perfectamente a la altura de un espectáculo de un artista internacional con todas las garantías posibles. Monto que probablemente podría haber resultado algo menor si el Sr. Solari y la productora contratada hubieran organizado mínimamente dos o tres fechas para albergar a la misma audiencia, y de paso garantizar su integridad como la ley manda. Más que seguro alguna calculadora maldita indicó que era mejor generar gastos de producción por una única vez, sin tener en cuenta los riesgos que eso acarreaba, o bien dejándolos pasar por alto basándose en que en recitales anteriores (que si bien no fueron tan masivos tampoco dejaron de ser inmensos) no se habían registrado casos de víctimas fatales. Porque, ¿para qué mejor prevenir que curar si la sangre no llegó al río, no? Pero, se sabe, la ambición desmedida carece de códigos. Cualquiera sea el caso, semejante recaudación se hubiera mostrado más que suficiente para respaldar todo tipo de tarifas que el bendito recital podía generar.

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La gente enfervorizada y un pedido desesperado de orden que resultó infructuoso

El segundo eslabón de la cadena de responsabilidades no asumidas debería corresponderle al intendente de Olavarría (donde hace casi dos décadas, en tiempos en que Solari era aún integrante de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota, la banda fue impedida de realizar dos shows en el Club Estudiantes local por decreto de su gestor municipal de aquel momento), que no fue capaz de vislumbrar, o se negó a convencerse, del desborde que una asistencia que superaba a los habitantes de su ciudad en un 200% o más podía ocasionar. Según lo informado por el periódico Infobae, “la organización pagó apenas $300.000 por el alquiler del predio, y se desconoce cuál fue la tasa municipal que abonó. Si es que lo hizo, porque lo que es seguro es que ese impuesto no es del agrado del Indio Solari: en 2014 pidió que lo eximieran de pagarlo cuando hizo su show en Gualeguaychú… Un show de la magnitud del de este sábado por la noche demanda, para tener estándares de seguridad internacionales, una inversión en seguridad cercana al millón de dólares, incluyendo bomberos y rescatistas de Cruz Roja. Otro tanto se necesita para cubrir los costos de sonido, iluminación y logística, por lo que con una inversión de US$2.000.000 y pagando el 12% de Sadaic, al finalizar el show el Indio embolsaría cerca de US$7.000.000”.

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Los testigos apuntaron a todos: los organizadores, la municipalidad local, el gobierno nacional, incluso la concurrencia misma

El tercer eslabón del infame enlace le corresponde nada más y nada menos que a la figura central convocante de la ceremonia y su ya clásica megalomanía de batir récords imposibles a costos que, ahora sí, terminaron desgraciadamente teniendo poco y nada que ver con lo material. Háblese de idolatría y falsos profetas. Un refrescada de memoria debería recordarnos que fue en 1987 cuando los Redonditos lanzaron su tercer disco de estudio “Un Baión Para El Ojo Idiota”, el mismo que los movió de la escena under original en la que venían brillando y batallando desde finales de la década del 70 (el anterior, “Oktubre”, permaneció más cerca de ese pasado tan genial y seductor), catapultándolos a un grado de popularidad del cual no volverían atrás nunca jamás. El álbum incluía “Vamos Las Bandas”, canción que no sólo se convirtió en uno de sus sones más clásicos sino que, paralelamente y por algún motivo incomprensible, la arenga del título marcó un antes y después en el desarrollo de la escena de muchos de los shows de rock locales. Fue cuando comenzó aquel fenómeno del público que, a pasos agigantados, colmaba los recitales del grupo munidos de banderas de los barrios, zonas o ciudades de donde provenían, derivando en un tipo de inversión de roles donde el principal pasó a la audiencia -y no el artista sobre el escenario-, en clara sintonía con lo que ocurría simultáneamente con el fútbol. A lo que debe sumarse los primeros esbozos de violencia en los conciertos de rock, que también crecerían con el paso de los años.

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Los medios no perdieron ocasión de patear al caído, recordando antecedentes de hechos trágicos en sus recitales

Ya para entonces, en los escasos reportajes que brindaba, Solari se refería al núcleo más duro de sus seguidores (que poco y nada tenían ya que ver con el tipo de admiradores de los años dorados de sótanos y clubes varios) como “bandas de chicos desangelados”, hecho que cobró mayor dimensión el 19 de abril de 1991 cuando Walter Bulacio, un joven de 18 años que estaba entre la concurrencia del show que la banda había dado esa noche en el Estadio Obras Sanitarias, terminó siendo víctima de la brutalidad policial que provino de una razzia organizada para la ocasión. Eran los primeros albores de una mística difícil de develar que seguiría deformándose con el correr del tiempo, o bien el producto de un vacío inexistente llenado a base de frases sueltas, desunidas, las mismas que Solari supo emplear en sus letras. Y así, pausadamente, se fue suscitando un mito justificado por su calidad básicamente indescifrable, cierta suerte de “poesía” inconexa que parece rozar el surrealismo, y sobre cuyos mensajes incluso se han escrito libros con la intención de llegar a un significado más factible.

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Olavarría en las redes: en Facebook se armó un grupo para poder encontrar a las personas extraviadas

Y quizás sea entonces ahora, después de cierto rol artístico algo forzado, que tales estándares y propuestas terminen generando una coyuntura como la que vivimos tras un show que prometía placer, y que en su lugar acabó escribiendo una página negra difícil de arrancar del libro de las tragedias nacionales a las que estamos tan patéticamente acostumbrados, potenciadas para el caso con dosis altas de delirio místico, culto a la personalidad, fanatismo sin límites y demás imágenes que conforman una misa de un culto improbable, en el cual Solari se erige vaya a saber uno en qué condición de liderazgo. Y una ambición desmedida de cada una de las partes que guionaron este tristísimo capítulo, por donde se lo mire. Cualquiera fuera el caso, resulta una sensación muy peculiar que un fundamentalista del aire acondicionado salga a cantar para aquellos “desangelados” a los que tantas veces se refirió, y a los que ni siquiera les debe quedar un ventilador de la abuela invirtiendo lo que lograron juntar para hacer culto de un Sr. que llora en solitario por sus pesares y que sugiere que “el lujo es vulgaridad” mientras se acerca a su púlpito sagrado a bordo de un avión privado.

El show del Indio en Olavarría deberá ser recordado como el concierto que terminó en desconcierto, o la misa que acabó en sacrificio… Mientras tanto, se ve que a cada uno de los eslabones que optaron por no prestarle atención a algo que olía mal desde el vamos, eso de “Cuanto más alto trepa el monito, el culo más se le ve” les sienta de perillas.

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Marcelo Sonaglioni

Marcelo Sonaglioni

Periodista especializado en música y artes desde 1986. Escribió en medios gráficos como La Nación, Página 12, La Maga, Pelo, Metal, Expreso Imaginario, Chicas, 13/20, Pan y Circo, Diario Sur, Revista Rock & Pop, Gente, Rock en Blanco y Negro, Rock N’Shows Magazine y Evaristo Cultural, entre otros. También colaboró en medios radiales y de TV locales, como así también en publicaciones y libros de Brasil, Estados Unidos y Europa.